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Carnaval caté

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Crédito: Gentileza

En un febrero atípico para nosotros los carnavaleros, una de las cosas que más extraño son las anécdotas e historias que aparecían espontáneamente mientras trabajábamos en los talleres, preparando la comparsa hasta altas horas de la noche o en las calurosas siestas, tereré y mate mediante.

Siempre es bueno escuchar a los que vivieron e hicieron el carnaval prácticamente desde sus comienzos, porque de ahí uno se va nutriendo para emprender su trabajo y mejorarlo año a año. En mi caso, se me vienen a la mente las narraciones de mi tío Alberto Francisco Gómez Quintana, del reconocido Gordo Chávez, que supieron hablarme de aquellos corsos. De los carnavales de las flores, por ejemplo, que iniciaban los festejos en la plaza La Cruz. Carrozas florales y personas que vestían de manera imponente le daban el marco preciso a ese festejo, según decían. También aparecen las historias ligadas a un Teatro Vera que, según me contó alguna vez el arquitecto José Ramírez, se vestía de manera especial para los bailes de carnaval: una especie de tarima cubría las butacas para no dañarlas y la gente llegaba al lugar disfrazada, generalmente con máscaras de estilo italiano; mujeres que aparentaban ser colombinas u hombres que eran verdaderos arlequines hacían que esos cuatro días locos fueran inolvidables y, sin querer, comenzaban quizás a darle forma al imponente carnaval correntino. Vinieron después los carnavales en los que los desfiles ya tuvieron otro formato y, con el correr del tiempo, nuestra fiesta cobra relevancia y reconocimiento nacional. Llega la época o el tiempo de esplendor.

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Si bien yo nací en 1975, los relatos de exreinas y hacedores de la gran fiesta me ayudan a imaginar lo que fue ese tiempo, para proyectar con igual altura lo que vendrá.

Esos primeros 20 años de carnaval se caracterizan por el sello que le imponen al carnaval nuestros artistas. Arte puro, teatro hecho carnaval, temas gloriosos e inolvidables, explican el porqué de tan importante aporte realizado por aquellos creadores. Y esa forma de hacer el carnaval se traslada desde sus inicios, como dije, al vestuario, tan detalladamente cuidado. Copacabana y posteriormente Sapucay abordaban temas muy regionales.

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El vestuario tenía por aquel entonces un corte netamente teatralizado: vestidos de baile imponentes y asociados a la temática de la comparsa. Al principio, no existían los espaldares, se utilizaban muchas telas y pocas piedras, mientras que las pocas plumas que aparecían eran de ñandú. Pasaron los años y, después del parate, la costanera recibió a las comparsas del interior en 1994. A partir de allí, ya se puede apreciar el cambio y la evolución en el vestuario del carnaval: la preponderancia del color era lo importante. Mientras Sapucay conservaba un estilo teatral en sus diseños, Ará Berá y Roque Palma le agregan condimentos más revisteriles a la hora de diseñar.

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En el año 1998, Maite Castresana y Mariano Garrido se me vienen a la mente con sus inolvidables vestuarios cargados de faisanes. Allí cambia el plumaje casi definitivamente y se explora en el desarrollo de nuevos diseños y la utilización de nuevos materiales. En el año 99, el diseño de Sapucay, con Julio Álvarez y Marcelo Péndola, pega un giro, dándole frescura y novedad con el uso de elementos alternativos a la hora de realizar el vestuario: el estrás, las piedras y cristales se meten fuertemente en el carnaval correntino y dan paso a la nueva concepción que aún persiste: lujo, cuidado estético, sin perder de vista lo que llevó a nuestro espectáculo a convertirse en grande. Personalmente soy un fanático de ese sello teatral que tiene nuestra fiesta. El vestuario artesanal es parte de nuestra esencia. Eso, en verdad, es para mí el carnaval “caté”: horas y horas de bordado, de familias trabajando en secreto sus trajes buscando lograr el mejor efecto posible. Esa sana competencia por lucir lo nuestro de manera imponente es, sin dudas, el gran diferencial que debemos cuidar por siempre, por el bien de una fiesta que sigue dando que hablar. Como hace 60 años.

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