Para ver esta nota en internet ingrese a: https://republicadecorrientes.com/a/23993
LAS SIETE PUNTAS QUE SE HICIERON CIUDAD

De duelos y espejos tapados: las muertes en la Corrientes de antaño

El luto podía durar hasta tres años y las tiendas tenían una sección especial de ropas negras. Se bajaban las luces de las casas y se cubrían los bienes considerados ostentosos. Costumbres que se fueron diluyendo. 

12-2.jpg
Traslado. Acto de exhumación de Genaro Berón de Astrada en el cementerio de La Cruz, en 1910.Foto: Gentileza

La muerte de un ser querido despierta siempre sentimientos de tristeza y desesperanza, aunque a lo largo de la historia se dieron importantes cambios en cuanto a la manera de expresar y de vivir el duelo. Los tiempos cambiaron a nivel global y también en Corrientes, que tenía su manera particular de transitar los fallecimientos no solo en los primeros días, sino también en el largo plazo. 

La partida de alguna persona en la ciudad de antaño era un acontecimiento mucho más pomposo de lo que es hoy, con el luto estricto y otras costumbres que luego terminaron diluyéndose, pero que todavía queda en el recuerdo de los más grandes.

El historiador y especialista Miguel Fernando González Azcoaga habló del tema con República de Corrientes y contó cómo era la muerte en la ciudad, una historia particular y llamativa que no solo incluye a los cementerios sino también los velorios, cortejos fúnebres y usos extendidos en la casa que vivía el duelo. 

 

"Los más humildes eran trasladados en carruajes con dos caballos, mientras que los de cuatro y seis animales se usaban para las familias más pudientes"

MIGUEL GONZÁLEZ AZCOAGA
HISTORIADOR

 

Antes de morir, se acostumbraba tomarle la última voluntad a la persona, momento en que también dejaba su testamento y confesaba sus pecados, incluido los libros prohibidos que había leído. Los velorios se llevaban a cabo en las mismas casas, y podían durar hasta dos días. 

Para ese momento, las viviendas eran acondicionadas especialmente. "Se bajaban las luces y se tapaban los espejos, que eran considerados bienes de ostentación y de vida alegre", comentó el historiador.  

En las puertas de las casas se colocaban moños hechos con cintas negras para que todos los que pasaban se enterasen que allí se estaba de duelo. 

Además, cuando alguien fallecía, las iglesias realizaban un doble de campanas. El objetivo era que la población supiera lo que había ocurrido, y que rezaran por el alma del muerto.

El luto

Una de las costumbres más extendidas y que hasta hace aproximadamente medio siglo se cumplía a rajatabla era el luto: vestir ropa negra u oscura para demostrar que todavía se mantenía la pena por un periodo de tiempo que dependía del grado de parentesco que se tenía con la persona que había fallecido; también debían hacerlo los niños.

Las viudas eran las que lo utilizaban por más tiempo y podía durar  hasta tres años, lapso en el que mantenían la ropa absolutamente negra. El siguiente paso no era las ropas de colores, sino el medio luto, que consistía en algo oscuro que podía ser en algunos casos un brazalete. 

Las misas se hacían con el cuerpo presente y el traslado al cementerio era muy diferente al que se estila actualmente. En la mayoría de los casos y hasta bien avanzado el siglo XIX, los familiares y amigos cargaban el cajón y llegaban caminando hasta el cementerio. Luego recién apareció la primera empresa fúnebre, que contaba con carruajes. González Azcoaga comentó al respecto que "los más humildes iban en vehículos tirados por dos caballos, mientras que los de cuatro y seis animales eran los que se usaban para las familias más pudientes".

Una costumbre que permanece hasta ahora -aunque de manera menos estricta- eran los novenarios, en los que se rezaba por el alma del fallecido durante nueve días. Luego, al cumplirse un mes de la muerte, se estilaba una misa especial.

13 F1.jpg
Foto: Gentileza

Durante el tiempo de duelo las familias estaban recluidas en sus casas, ya que estaba mal visto que estén por la calle paseando y más aún que participen de actividades recreativas. Por eso, se mantenían encerrados y solo salían por breves periodos de tiempo para alguna cuestión que fuera impostergable. 

La muerte era un acontecimiento que se vivía a pleno y no solamente en el seno familiar, sino también en el ámbito comercial. Cuentan los relatos de hace más de un siglo que las tiendas de ropa exhibían en sus vidrieras las ofertas que tenían, entre las que aparecía una sección especial: la de lutos. 

De esta manera, las personas de duelo sabían que allí podían ir a elegir el atuendo negro para usarlo durante el tiempo que creyeran conveniente. Una vez que los locales abandonaron esta metodología, se dieron incluso reclamos por parte de los ciudadanos que comenzaron a optar por teñir sus ropas para poder estar acorde. El no usar luto durante el duelo era también mal visto y significaba una falta de respeto hacia la persona que ya no estaba. 

Según afirma el historiador, estas costumbres muy arraigadas fueron perdiendo fuerza en los últimos 50 años, cambio que se aceleró en las últimas tres décadas. Si bien el sentimiento puede ser el mismo o similar, el luto dejó de ser una costumbre habitual y ya nadie cubre los espejos. 

13 SOCEIDAD F2.jpg
Foto: República de Corrientes

El Día de los Difundos,  para recordar y alardear

El 2 de noviembre se conmemora el Día de los Muertos y si bien sigue siendo costumbre acudir al cementerio, se trata de una metodología mucho menos usada de lo que era antes, hace varias décadas atras específicamente en Corrientes. 

Hasta bien entrado el siglo XX, en esa jornada se daba una masiva presencia de personas en los camposantos. "La población entera acudía, incluso superando muchos obstáculos como el del tranvía que descarrilaba constantemente", contó el historiador Miguel González Azcoaga al respecto. 

En aquellos ya lejanos años, los familiares del fallecido pasaban el día entero en el lugar e incluso la noche. Era una actividad que buscaba recordar a los muertos, pero también formaba parte de un hecho social y, en algún punto, de estatus. 

Según cuentan los relatos de aquella época, era común que se abrieran los panteones. Además de limpiarlos y acondicionarlos, la idea era mostrarlos. De esta manera, los que pasaban podían advertir el lujo que tenían algunos de los espacios donde descansaban los difuntos. 

Se daba entonces una costumbre: la de comparar qué panteón era más pomposo y tenía construcciones más lujosas, algo que marcaba como casi ninguna otra cosa la posición social y económica de cada familia. 

Aunque el Día de los Muertos sigue siendo una jornada en la que se estila visitar los cementerios, la rutina es diferente.No solo acuden menos personas sino que las estadías allí son más cortas y no tienen ya mucho que ver con una cuestión de estatus como era hasta incluso mediados del siglo pasado en Corrientes, y también en otros lugares.